Distinguir no es tarea fácil. Lo más sorprendente aparece cuando, tras largos y agobiantes análisis y comparaciones, logramos sintetizar un concepto que no refiere a nada real. Y entonces se vislumbra lo fantástico, lo que por el momento sólo existe en la mente de su creador, pero con tal fuerza que se impone en la realidad como posible.

Virgilio, no el poeta, sino el hechicero, el venéfico, no el antiguo sino el medieval, no el artífice de la Eneida, sino el que bajó a los infiernos. Este Virgilio y no otro es el que presento al lector.


Con todo el placer,

Λυκιος Φερνανδος





martes, 5 de abril de 2011

Introducción

Antes que nada, me gustaría que el amable lector echase un vistazo sobre aquellas tierras nunca vistas por los ojos del cuerpo: desde la Atlántida, los Campos Elíseos y el País de Jauja, hasta Brobdingnag, la sombría Arkham y Tlön. Pensando en la imaginación poética no como responsable de invenciones quiméricas, sino más bien como la potencia que refleja aquellos mundos que la especulación divina concibió como posibles, antes que el Demiurgo erigiera el nuestro. Y cuando no, como la bella entrometida en las mágicas ensoñaciones de un Dios que piensa lo contradictorio. 

Pero por tratarse de lugares inmateriales, espero que el lector acepte las humildes ventanas ficticias que a continuación le ofrezco.






La Tierra de Cucaña, de Pieter Brueghel el Viejo, 1567.



Dante y Virgilio en el Infierno, de William-Adolphe Bouguereau, 1850.



El Parnaso, de Rafael Sanzio, 1511.



Torre de Babel, de Pieter Brueghel el Viejo, 1563.



Gulliver en Brobdingnag, de Richard Redgrave, 1837.